Acercamiento a La Hermandad de las Ánimas del Purgatorio de Ronda
Gracias al documento conservado en el Archivo Municipal de Ronda y al estudio y comparación con otras hermandades andaluzas, es posible hacer una trazabilidad y reconstruir con sorprendente claridad la vida espiritual, social y ritual de esta corporación.
Su origen se hunde en el siglo XVII. En el texto aparece la aprobación del Provisor y Vicario General del Obispado de Málaga, fechada “en Málaga, a ocho de septiembre de mil seiscientos noventa y dos”, lo que demuestra que la hermandad existía antes de esa fecha, pues estaba presentando sus reglas para confirmación. Además, se menciona que la hermandad debía “hacer libro separado… copia fiel… para la fundación”, lo que implica la existencia de un libro primitivo anterior. La actividad de la corporación se prolongó de forma estable durante varios siglos, como prueban las certificaciones de 1815, 1845 y 1853, firmadas por sus mayordomos.
Su ubicación aparece casi escondida entre líneas, pero es claro que la Hermandad de las Benditas Ánimas del Purgatorio estaba situada en la Puerta del Espíritu Santo de Ronda. Así lo certificó en 1845 el mayordomo Francisco Leveque, al afirmar que custodiaba las reglas “situada en la Puerta… del Espíritu Santo de esta ciudad”. La Puerta, una de las entradas históricas del arrabal, se alzaba junto a la Iglesia del Espíritu Santo, templo parroquial del barrio. Allí, en torno a esa iglesia y a ese acceso monumental, nació, vivió y actuó la hermandad: una hermandad parroquial, no conventual, profundamente arraigada en la vida cotidiana del barrio de San Francisco. Tomando como referencia el documento antes mencionado y encaramándonos a la tapia de la tradición, vamos a conocer aspectos singulares unos autóctonos otros alóctonos de esta importante hermandad.
Se nos presenta de una forma sorprendente, rotunda desde el capítulo 1.º de las antiguas constituciones: “Es saludable pensar en las Ánimas del Purgatorio y aplicarles nuestras oraciones y limosnas”.
Esa frase, escrita hace siglos en un papel ya amarillento, parecía seguir respirando en las calles estrechas de su feligresía. Aún hoy, si uno se detiene en silencio bajo la torre, podría imaginar el eco de aquel toque grave que despertaba a los vecinos antes de que el sol asomara por encima del Tajo.
El toque de ánimas no era solo un sonido: era un recordatorio, un latido antiguo que unía a vivos y muertos en un mismo deber.
Los vecinos abrían ventanas, algunos se santiguaban, otros murmuraban una oración breve. Nadie permanecía indiferente. La hermandad comenzaba su día mucho antes que la ciudad.
El patrón del toque eran tres golpes lentos y graves de la campana mayor, pausa amplia, nueve golpes más rápidos, en tres grupos de tres, silencio prolongado, repetición durante unos minutos.
Estos sonidos en el Espíritu Santo adquirían un tono especialmente profundo y resonante, por la acústica del barrio y la cercanía de las murallas.
Los hermanos, fieles al capítulo 2.º de sus normas, habían aprendido desde su admisión que no bastaba con pertenecer: había que conocer, escuchar y aceptar las obligaciones sin excusa. Por eso, cada nuevo cofrade, antes de entrar, oía la lectura de las reglas en presencia del Mayordomo y los oficiales, y prometía vivir con humildad, obediencia y devoción.
Aquella promesa no era un trámite; era un compromiso que se renovaba cada día, Desde el amanecer hasta que era noche cerrada la hermandad iría desgranando sus cultos como las cuentas de una corona dolorosa interminable que caía cada noche para resurgir fuerte y fiel al alba.
El culto nocturno se hacía presente cuando los hermanos salen de la casa del mayordomo; caminaban despacio, envueltos en el silencio profundo de las calles, apenas rotas por el leve crujir de sus pasos sobre el empedrado. El farol que uno de ellos sostenía iba encendido, proyectando un círculo tembloroso de luz amarillenta que abría camino entre las sombras.
No era un gesto simbólico, sino una necesidad en aquellas calles sin alumbrado, la oscuridad era tan densa que nadie se aventuraba sin luz. La llama, protegida tras el vidrio que evitaba que se apagara en las duras noches del invierno serrano, oscilaba con cada movimiento, iluminando las portezuelas bajas de las casas dormidas.
Los hermanos salían para cumplir la ronda nocturna de petición de limosna, una de las obligaciones más antiguas de la hermandad. No había amanecer ni ceremonia solemne, solo la discreción de la noche, el deber silencioso y la devoción por las Ánimas.
A medida que avanzaban, el farol era la luz que anunciaba que la hermandad velaba por los difuntos, que seguía pidiendo por ellos incluso cuando la ciudad dormía. Y en esa mezcla de oscuridad, fe y necesidad, los hermanos se perdieron por las callejas, rumbo a las primeras casas donde llamarían con suavidad, esperando la limosna que sostendría los sufragios del día siguiente.
El rito se repite como un mantra simple pero efectivo marcando la vida de los vecinos:” Cada cuatro días, los cuatro hermanos designados salían al anochecer, recorrían un sector del barrio, tocaban la campanilla en cada casa, rezaban un responso breve, recogían limosnas y al terminar, entregaban la caja al Mayordomo.”
El número cuatro nos habla de la universalidad de la oración que por medio de los cuatro puntos cardinales del orbe va a permitir que las oraciones lleguen a todas las almas que lo necesiten en ese momento.
En este entramado cotidiano existía, sin embargo, una norma silenciosa pero férrea: las peticiones de limosna no podían salir de la collación adscrita a la parroquia. Las Constituciones lo daban por entendido, y la práctica lo confirmaba, que cada hermandad tenía su territorio espiritual, su “barrio de almas”, y traspasar esos límites podía provocar tensiones con otras feligresías.
No era un capricho, sino una necesidad para evitar duplicidades, agravios y pleitos, pues las limosnas eran el sustento de misas, entierros y sufragios.
En Ronda se conservan documentos que aluden a estos conflictos, aunque nunca llegaron a mayores y se resolvieron siempre en aras de la tradición, la concordia y el buen hacer de los responsables parroquiales.
Incluso dentro de la misma parroquia del Espíritu Santo se establecían normas internas para evitar interferencias entre unas hermandades y otras, de modo que cada corporación respetara su ámbito, su temporalidad y su función.
La colecta no era mendicidad, sino culto externo, autorizado por el Obispado, y seguía el ciclo que el capítulo 5.º recoge con claridad: depósito en el cepo, apertura mensual, pago de misas. Nada quedaba a la interpretación.
El capítulo 3.º recordaba que los cargos se elegían en secreto, sin intrigas ni presiones, y que el elegido debía aceptar salvo impedimento grave.
En las Constituciones se establece con claridad cuándo debía celebrarse la elección anual de cargos; “La elección del Mayordomo y demás oficiales debía celebrarse cada año el día de la fiesta de Ánimas”, es decir, el 2 de noviembre, conmemoración de los fieles difuntos.
Este era el día más lógico y simbólico para una hermandad dedicada a las Ánima, la jornada en la que toda la Iglesia intercede por los difuntos.
Por eso, cuando el Mayordomo entregaba la caja al sacerdote a mediodía, durante la misa de ánimas, lo hacía con la dignidad de quien no ostenta un honor, sino un servicio. En el altar lateral dedicado al Purgatorio ardían dos hachas de la hermandad, mencionadas tantas veces en las antiguas reglas, y los hermanos ocupaban los bancos delanteros mientras el sacerdote rezaba un responso y pronunciaba los nombres de los difuntos del mes.
La misa de Ánimas no exigía la presencia de todos los hermanos, como se recoge en el capítulo 4.º al organizar turnos, alternando día y noche, pero la hermandad garantizaba siempre el sufragio, porque ese era su corazón.
Las misas podían ser diarias, mensuales o por turnos, pero la asistencia diaria de todos los hermanos no era posible ni exigida: la misa diaria era un sufragio institucional, no una asamblea obligatoria. La hermandad garantizaba la celebración, no la presencia masiva, como confirma la frase del documento: “para el pago de dos misas… en cada uno de los turnos de presente”.
Otro de los cultos públicos fundamentales era, cuando caía la luz, y la hermandad salía en rosario público. No era un acto improvisado: el capítulo 15.º recordaba que el Mayordomo y los oficiales debían preparar enseres, luces y orden del cortejo. El rosario era sobrio, silencioso, casi espectral. El sacerdote guiaba el rezo: “Requiem aeternam dona eis, Domine”. Et lux perpetua luceat eis.”
Este piadoso acto de la hermandad, aunque las constituciones no mencionan explícitamente “el rosario” como acto separado, sí describen la colecta diaria, las obligaciones nocturnas y los turnos de presencia, lo que permite reconstruir el ciclo del rosario con bastante precisión.
La periodicidad fue semanal en su forma ordinaria y mensual en su forma solemne, según la práctica general de las hermandades de ánimas y los ciclos internos documentados en 1845.
Vamos a mirar un poco a las hermandades de ánimas de Andalucía, vemos como este rosario de ánimas se hacía una vez por semana, normalmente al anochecer, lo cual encaja perfectamente con lo que dice el documento: “Esta hermandad… de día y noche para pedir limosna públicamente” ; en el contexto que nos ocupa la expresión “de día y noche” no significa literalmente 24 horas, sino que la hermandad tenía actos diurnos y actos nocturnos, siendo el rosario el acto nocturno por excelencia.
Estas manifestaciones, especialmente las organizadas por hermandades masculinas, solían ser actos públicos, nocturnos y penitenciales, y por norma general estaban reservados a los hermanos varones.
Las razones más habituales para esta limitación eran las normas internas de la hermandad, así como las costumbres sociales donde las procesiones nocturnas eran consideradas espacios “de hombres”, dentro de una sociedad muy marcada por la separación de roles en todos los ámbitos de la vida y este, el devocional, no iba a ser menos; a las mujeres se las encasillaban en otros rezos, pero no en estos cortejos.
Desde el capítulo 6.º se establece que la hermandad debía asistir a los hermanos difuntos, acompañar el cuerpo desde la casa hasta la iglesia y luego al cementerio. En 1750, el cementerio aún estaba junto a la parroquia, no en el extrarradio.
Dentro de las disposiciones vigentes, en aquellos años, se cita la visita al cementerio.
En relación a este acto, encontramos en el documento una frase fundamental: “servía para enterrar a los hermanos y hermanas de la misma y tener a la vez sitio donde custodiar el féretro que también avisaba y conservaba”, de ello podemos deducir que las visitas eran frecuentes, no esporádicas, estas son las recogidas en el manuscrito: obligatoria en cada entierro, anual en noviembre, funcional cada mes y procesional cuando el rosario hacía estación allí.
La hermandad entraba en silencio, rezaba responsos ante la cruz mayor y recordaba a los hermanos fallecidos del año.
El Hermano Mayor pronunciaba unas palabras breves: “Hermanos, no olvidemos que algún día seremos nosotros quienes pidamos estos sufragios.”
Después se apagaban las hachas una a una, y el humo ascendía como un símbolo del alma que se eleva.
En hermandades de ánimas como la de Ronda, lo habitual era que la cofradía dispusiera de uno o varios féretros “comunes”, los cuales se usaban para trasladar el cadáver desde la casa a la iglesia o al cementerio. El entierro, sin embargo, solía hacerse directamente en tierra (envuelto en mortaja), o en cajas muy simples que no eran las mismas del traslado.
Esto tenía una razón económica clara ya que la mayoría de los hermanos no podían costear un ataúd propio.
En el documento aparecen menciones a “caja”, “féretro de la hermandad”, “servicio de entierro” o pagos asociados al entierro, eso refuerza mucho esta interpretación.
El cementerio era parroquial y por tanto de uso general para todos los feligreses de la misma; lo que sí podía ocurrir es que la hermandad tuviera espacios reservados dentro del mismo.
Los vecinos que no pertenecían a la hermandad se enterraban igualmente en el cementerio parroquial, pero sin los beneficios de la cofradía (misas, cera, acompañamiento, etc.), probablemente en zonas menos privilegiadas y costeando su entierro de forma individual o a través de la parroquia.
En términos sociales, pertenecer a la hermandad no solo tenía un valor religioso, sino también funerario y de estatus.
En relación a las tareas de auxilio a las personas necesitadas, fin estatutario, la hermandad tenía claro su nivel de implicación ya que la responsabilidad “oficial” de enterrar a todos los fieles recaía en la parroquia, pero actuaba como un apoyo caritativo en casos de pobreza. Esto podía hacerse: por caridad cristiana, por el mandato fundacional, o en colaboración con la parroquia, pero no en igualdad de condiciones con los hermanos, sin tantas misas o sufragios, con entierros más simples, a veces solo cubriendo lo mínimo: traslado y sepultura.
La vida interna de la hermandad seguía un orden riguroso según vemos en su articulario. El capítulo 7.º exigía cuentas claras; el capítulo 8.º establecía correcciones y penas; el capítulo 9.º ordenaba visitar a los enfermos; el capítulo 10.º mandaba llevar libros separados para cuentas, actas, limosnas, elecciones y difuntos; el capítulo 11.º regulaba las reuniones; el capítulo 12.º definía faltas graves; el capítulo 13.º protegía bienes y límites; el capítulo 14.º imponía responsabilidad por daños; el capítulo 17.º ordenaba juntas mensuales para revisar gastos; el capítulo 18.º mandaba celebrar un aniversario solemne por las Ánimas; el capítulo 19.º regulaba la distribución de fondos; el capítulo 21.º detallaba el procedimiento disciplinario; el capítulo 22.º regulaba la admisión de pretendientes; el capítulo 23.º exhortaba a la devoción sincera; el capítulo 24.º recogía la aprobación eclesiástica; y el capítulo 25.º ordenaba conservar las constituciones en el archivo. Todo ello, lejos de ser un conjunto frío de normas, formaba parte de la respiración diaria de la hermandad.
Los elementos corporativos completaban la identidad visual y sonora de una forma muy concreta.
El estandarte era el corazón de la hermandad. Aunque no aparece descrito en el documento, es imposible que no existiera: todas las hermandades de ánimas lo tenían. Solía ser un Paño negro (color de luto y sufragio) con una Pintura central de las Ánimas en el Purgatorio, y con Cruz latina en la parte superior de la asta.
En las Constituciones mencionan repetidamente: “hachas”, “noches”, “turnos”, “oficios”. Las hachas serían grandes cirios de cera amarilla o tiniebla que portaban los hermanos en entierros, rosarios nocturnos, procesiones, visitas al cementerio.
El farol mayor sería indispensable para las salidas nocturnas.
Un farol de hierro forjado con cristales biselados o planos que mantenía una luz de vela interior situado sobre una asta larga para elevarlo sobre el cortejo.
Esta pieza abría el rosario nocturno.
Las campanillas de ánimas En el texto original se mencionan: “por las casas… noches… turnos…”. Esto implica el uso de una campanilla ritual, típica de las hermandades de ánimas; su función era la de avisar a los vecinos del paso del rosario, señalar el inicio del rezo y acompañar la colecta nocturna.
El sonido era lento, grave, inconfundible.
La caja de ánimas aparece claramente en el documento de 1845 “la cual se custodia en un cepo…”. Era un arca o caja de madera con cerradura, destinada a recoger limosnas.
La vestimenta corporativa, Aunque no había hábito como en cofradías penitenciales, sí existía indumentaria ritual, probable una capa negra o manteo para actos nocturnos, cíngulo o cordón oscuro, escapulario pequeño con la imagen de las Ánimas (muy común) y sombrero de ala ancha (siglo XVIII) en procesiones nocturnas. Guantes negros para entierros.
El altar o cuadro de Ánimas. En la parroquia actualmente encontramos uno; se trata de un cuadro-retablo de carácter devocional, no es una pintura plana, sino un relieve escultórico policromado, aunque sin una datación concreta por lo que, muy probablemente no sea el original, pero nos transmite toda la espiritualidad que vivió la hermandad.
La presencia de la Virgen del Carmen en los cuadros de ánimas se enraíza en la tradición carmelita del privilegio sabatino y en la fuerte expansión de su devoción durante la época barroca. En este contexto, la Virgen no es solo una figura celestial, sino una garante de esperanza para las almas del Purgatorio, lo que explica su protagonismo.
Este tipo de representación van desapareciendo poco a poco y se propone una interpretación menos literal, más simbólica y centrada en la esperanza, la misericordia y la comunión, desvinculándola del castigo o el miedo, por lo tanto, hoy, se reinterpretan estas obras desde una teología más serena y menos punitiva.
El sello corporativo que en los documentos de 1845 y 1853 aparece el sello: “sello de ánimas. pobres.”, lo cual nos confirma que la hermandad tenía sello propio, usado para certificaciones, comunicaciones al Ayuntamiento, documentos internos.
La cruz de ánimas muy probable, aunque no aparece en el texto, las hermandades de ánimas solían tenerla y se usaba en los entierros, rosarios, visitas al cementerio.
La mesa o arca de difuntos, en entierros, se colocaba una mesa cubierta con paño negro y calaveras bordadas, sobre la que se ponía un crucifijo, dos hachas, el libro de difuntos.
Los toques de campana, aunque es un elemento inmaterial de la hermandad, sí forma parte de su identidad corporativa.
Había toques específicos: toque de ánimas al amanecer, toque al anochecer, y toque de difunto de hermano.
La hermandad vivió durante siglos, marcando un ritmo espiritual. Pero la noche cayó sobre su historia y no sabemos con certeza cuál fue su destino. Tal vez se extinguió lentamente, como tantas hermandades de ánimas en el siglo XIX, o quizá sus hermanos se integraron en la Cofradía del Santo Entierro, asentada en la misma parroquia y con fines similares, de esta cercanía nos habla en presente la petición de los hermanos del Santo Entierro que con pañuelos negros y al toque de campana recorren las calles de Ronda el lunes santo por la mañana… y si, presente vivo.
La memoria casi ha desaparecido en la ciudad. Una hermandad que vivía para los muertos, pero que dio forma, sonido y luz a la vida de los vivos.