HERMANDAD DEL ROSARIO
En el invierno de 1532, cuando Ronda aún despertaba entre murallas y campanas, un pequeño grupo de fieles se reunió en torno a los dominicos del convento de San Pedro Mártir. Era 2 de febrero, día de la Purificación, y aquel encuentro no fue un gesto devocional aislado, sino el nacimiento de una institución que marcaría la vida espiritual de la ciudad durante siglos: la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario.
Su existencia quedó fijada en las Constituciones de la Cofradía del Santo Rosario, un documento esencial que permite reconstruir su organización, su espíritu y su vida cotidiana. Desde el primer momento, la hermandad se estructuró con un conjunto de normas escritas que regulaban la vida interna, las obligaciones de los hermanos, la celebración de fiestas y la asistencia a difuntos y menesterosos. Copiadas y recopiadas durante generaciones, estas reglas muestran una cofradía profundamente integrada en la vida social y religiosa de Ronda. Para mantener la fidelidad histórica, recogemos de forma textual las palabras de aquel texto ;
Los propios hermanos dejaron escrito:
“Los hermanos… fundaron esta devoción en el año 1532, día de la Purificación de Nuestra Señora.”
La organización que adoptaron desde el inicio era sorprendentemente sólida: alcaldes encargados del orden, un mayordomo responsable de los bienes y del culto, priostes y diputados que ayudaban en la gestión, un escribano que guardaba la memoria escrita y un monitor que recorría las calles avisando a los hermanos. Las constituciones permiten recrear aquel mundo:
“Ordenamos y mandamos que esta hermandad tenga sus estandartes pintados… y que los alcaldes salgan con dichos estandartes en las manos, ordenando a la gente y manteniendo el orden”.
También se especificaba:
“El escribano… estará obligado… a leer a todos los hermanos estas reglas y constituciones.”
Y sobre el monitor, la norma era clara:
“El monitor… si saliere fuera de la ciudad, estará obligado a dejar persona que haga sus avisos…”
Con el paso de las décadas, la hermandad se consolidó aún más. En 1615, el obispo Bernardo Manrique aprobó unas reglas que muestran una comunidad disciplinada, consciente de su identidad y de su misión. La vinculación con el convento dominico era profunda; el cabildo anual, obligatorio; y la administración, rigurosa. La cofradía tenía personalidad jurídica propia y ningún hermano podía manejar bienes sin permiso del cabildo. La vida cotidiana de la hermandad estaba marcada por la luz, la disciplina y la caridad. La cera era símbolo, identidad y obligación:
“Los cofrades han de acudir con candelas encendidas.”
“Habrá cuatro hachas de cera grandes para fiestas y entierros.”
Se guardaba bajo llave, como un tesoro:
“El mayordomo tendrá a su cargo una caja donde se guarde la cera, con su cerradura y llave.”
En las grandes fiestas —Purificación, Encarnación, Asunción y Natividad de la Virgen— llenaban de luminarias las calles y el templo.
Y cada sábado, los menesterosos sabían que podían acudir al convento:
“Cada sábado se repartan limosnas a los pobres.”
Para sostener esta obra, la cofradía recurría a un objeto humilde pero decisivo: la taba, una pieza de madera con un hueco y un mango largo, que llevaba unas campanillas las cuales hacían sonar a modo de anuncio. Con ella se pedían limosnas en rosarios públicos, calles y cultos; con ella se financiaban cera, entierros y misas. Su importancia era tal que, cuando en 1829 se decidió suprimirla, el acuerdo lo dejó claro:
“Se abolía la obligación de pedir con la taba y también la de las luminarias.” Aquella abolición confirmaba que la taba había sido durante siglos una obligación tradicional. La norma lo explicitaba:
“El monitor tendrá a su cargo pedir limosna… Los hermanos que no quisieren pedir pagarán un real de pena.”
La cofradía acompañaba a sus miembros incluso en la muerte:
“Los alcaldes prepararán las andas del difunto… cuatro hermanos lo llevarán sobre los hombros.”
Y, en un tiempo en que la participación femenina era limitada, las cofradías del Rosario mostraron una apertura notable:
“Después de fallecido cualquier hermano, la pertenencia… pase a su hijo o hija mayor. Si no tuviere hijos, la heredará la mujer…”
La regla fundacional lo decía sin ambages:
“Se admiten todos los fieles de cualquier edad, sexo y condición…”
Aunque los cargos solían recaer en varones, las mujeres formaban parte activa de la hermandad.
El régimen disciplinario era estricto, reflejo de una institución viva y organizada:
“El que no viniere pagará una libra de cera.”
“El hermano que no acudiere pagará una libra de cera… y el que viniere pagará medio real…”
“Si quisiera salir de la cofradía… no podrá hacerlo sin pagar quinientos maravedíes…”
“El que hablare sin licencia… pagará medio real.”
Con el tiempo, los rosarios públicos comenzaron a brotar casi de manera natural, como si la ciudad necesitara ese latido de fe que avanzaba entre sombras y amaneceres. Aunque no se conserva un reglamento explícito del Rosario de la Aurora, la documentación permite ver sus elementos: candelas temblando al viento, hachas que abrían paso, estandartes que se mecían como banderas devotas, un monitor que avisaba, la taba sonando para pedir limosna y la obligación de salir en procesión.
Los textos lo expresan con sencillez:
“Cuando se haga alguna procesión, los alcaldes saldrán con los estandartes en las manos.”
“Los hermanos deberán acudir con candelas encendidas.”
Los dominicos, expertos en trazar territorios espirituales, utilizaban estos rosarios para marcar su collación. Aunque en Ronda no se conserve esa parte, sí aparece en Sevilla, Córdoba, Granada y Jerez, lo que permite imaginar recorridos fijos, campanillas anunciando el paso y la luz dibujando un mapa devocional sobre la ciudad.
Antes del Puente Nuevo, el itinerario se pierde en el silencio de los siglos. Pero cuando aquella obra imposible abrió un paso entre las rocas, el Rosario la cruzó como quien estrena un milagro. Desde allí, la comitiva se adentraba en una calle estrecha que el pueblo bautizó como del Rosario, descendía hacia los viejos barrios y regresaba a su templo, cerrando un círculo de fe que abrazaba Ronda como un cinturón luminoso.
Hubo un tiempo en que la cofradía vivió con fuerza renovada. Restauraciones, procesiones, rosarios incesantes. En 1714, el mayordomo Pedro de Aranda aparece como figura clave de ese esplendor. Pero a partir de 1750, la historia empieza a torcerse:
“Disminuye la entrada de nuevos cofrades… se reducen las limosnas.”
Las reformas borbónicas limitaron procesiones nocturnas y exigieron control contable. Luego llegó la Guerra de la Independencia:
“El convento de Santo Domingo es ocupado militarmente… se pierden archivos, ornamentos y bienes.”
En 1829, la cofradía intentó sobrevivir flexibilizando lo sagrado:
“Se abolía la obligación de pedir con la taba… los hermanos pagarían un real mensual.”
La desaparición de la taba fue el final simbólico de una época. Y en 1836, cuando la cofradía perdió su sede natural, quedó extinguida de hecho:
“La cofradía del Rosario, al perder su sede natural, quedó extinguida de facto.”
A pesar de la ruina, algunos objetos pudieron sobrevivir, quizá porque la desamortización se centró más en los suelos que en los ajuares: la imagen del Rosario, probablemente acogida en alguna parroquia; rosarios de plata guardados como tesoros familiares; fragmentos de estandartes reutilizados en sacristías; andas convertidas en muebles litúrgicos. Lo que sí se perdió para siempre fueron los libros de la cofradía y el retablo del Rosario del convento.
Y, sin embargo, aunque la cofradía desapareció, su eco sigue vivo: resuena en la calle que por voluntad popular conserva su nombre de calle del rosario, aunque oficialmente es rotulada como Villanueva, en la tradición del Rosario de la Aurora —hoy recuperada con fuerza por la Hermandad de la Aurora— y en la memoria íntima de tantas familias rondeñas que, casi sin saberlo, conservan un fragmento de aquella historia.