CALLE JOSÉ CARRASCO PANAL
José Carrasco Panal nació en Ubrique (Cádiz) el 29 de enero de 1892, en el seno de una familia estrechamente vinculada a la vida religiosa y social de la Sierra de Cádiz.
Fue hijo de Juan Carrasco Jiménez y de Josefa Panal Ramírez. Su madre era hermana de Manuel Panal Ramírez, circunstancia que confirmó el estrecho parentesco que mantuvo con Monseñor Francisco Panal Ramírez, célebre obispo capuchino nacido también en Ubrique, con quien compartía vínculos familiares por ambas ramas, siendo considerados primos hermanos dobles.
Esta familia estuvo muy ligada a la historia eclesiástica de Málaga y de distintas localidades andaluzas durante la primera mitad del siglo XX. Varios miembros del entorno familiar abrazaron la vida religiosa y ocuparon puestos destacados dentro de la diócesis malagueña. Entre ellos destacó Sebastián Carrasco Jiménez, quien llegó a desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis de Málaga durante el episcopado de su pariente, el obispo Panal. También su hermano Francisco Carrasco Panal mantuvo una estrecha vinculación con el ámbito religioso y social de la época.
José Carrasco Panal fue bautizado en la Parroquia de Nuestra Señora de la O de Ubrique. Los registros parroquiales conservan constancia de su nacimiento y de los vínculos familiares cuyos apellidos aparecen documentados en árboles genealógicos y archivos civiles desde mediados del siglo XIX.
Desde muy joven mostró una fuerte vocación religiosa y una notable capacidad intelectual. Ingresó en el Seminario Conciliar de Málaga, donde cursó sus estudios eclesiásticos entre aproximadamente 1910 y 1915. Durante esta etapa destacó como uno de los seminaristas más brillantes de su promoción, siendo reconocido por sus superiores por su disciplina, su formación humanística y su sensibilidad hacia los problemas sociales de su tiempo.
Tras completar sus estudios y recibir la ordenación sacerdotal en 1919, inició su carrera pastoral en distintas localidades de la provincia de Málaga. Uno de sus primeros destinos fue la parroquia de Nuestra Señora de la Oliva, en Mollina. Su llegada a la localidad se produjo en los primeros años de la década de 1920 y pronto comenzó a destacar como un sacerdote cercano, conciliador y dotado de una extraordinaria capacidad organizativa.
Durante su estancia en Mollina adquirió un profundo conocimiento de la realidad agraria y económica de la comarca de Antequera. El contacto diario con campesinos, jornaleros y pequeños propietarios marcó profundamente su sensibilidad social. Aquella experiencia resultaría decisiva años más tarde cuando tuvo que afrontar responsabilidades de mayor alcance en instituciones de carácter económico y asistencial. En Mollina empezó a forjarse la reputación de clérigo comprometido tanto con la vida espiritual de sus feligreses como con las dificultades materiales de la población.
Su prestigio creciente le llevó posteriormente a Antequera, ciudad en la que desarrolló una de las etapas más relevantes de su trayectoria. Allí ejerció como Arcipreste y figura coordinadora del clero de toda la comarca durante buena parte de los años treinta y mediados de los cuarenta.
Su labor coincidió con años especialmente difíciles para España. Durante la Segunda República, la Guerra Civil y la inmediata posguerra, destacó por su capacidad de mediación y por su empeño en mantener la paz social dentro de un contexto marcado por la tensión política y religiosa. Fue ampliamente respetado tanto por las autoridades civiles como por amplios sectores de la población.
Mantuvo una estrecha vinculación con la Real Colegiata de San Sebastián, desde allí impulsó numerosas iniciativas pastorales y colaboró activamente en la reorganización de las hermandades y cofradías tras los años de destrucción y crisis. En 1945 fue nombrado presidente honorario y director espiritual de la Agrupación de Cofradías de Antequera.
Uno de los episodios más importantes de esta etapa tuvo lugar en 1947 con la reorganización de la Cofradía del Consuelo. Después de un periodo de inactividad, la hermandad consiguió volver a procesionar gracias al impulso institucional y espiritual de él. Su nombre apareció reflejado en las páginas del periódico “El Sol de Antequera” junto al de otros destacados representantes religiosos y civiles que celebraban la recuperación de las procesiones. Aquella intervención fue considerada uno de sus últimos grandes servicios a la ciudad antes de su fallecimiento.
Paralelamente a su labor en Antequera, José Carrasco Panal desarrolló una importante actividad en Ronda. Durante la década de 1930 ejerció como párroco de la Iglesia del Socorro en un periodo marcado por una enorme conflictividad política y social. Entre 1931 y 1936 tuvo que afrontar momentos especialmente difíciles debido a los ataques contra edificios religiosos y a la creciente persecución del clero.
La Iglesia del Socorro sufrió asaltos y acabó siendo incendiada casi por completo en julio de 1936. Durante aquellos años compartió tareas pastorales con el coadjutor Celestino Lucio Fernández. Mientras Carrasco Panal logró sobrevivir, su compañero no corrió la misma suerte y falleció. La muerte de Celestino dejó una profunda huella en él y condicionó buena parte de su sensibilidad hacía las injusticias.
Sin embargo, uno de los episodios más recordados y humanos de toda su vida tuvo lugar precisamente en su Ubrique natal. En 1936 ejercía allí como párroco interino y le correspondió oficiar la tradicional celebración conocida como “El Día del Voto”, una festividad profundamente arraigada en la localidad y vinculada históricamente a la devoción a la Virgen de los Remedios.
Cada 27 de julio los vecinos renovaban solemnemente el voto realizado siglos atrás en agradecimiento por la protección de la Virgen frente a epidemias y calamidades. En pleno contexto bélico, protagonizó un hecho que quedó grabado en la memoria colectiva de Ubrique. Según las crónicas locales, mientras oficiaba la misa solemne de renovación del voto cesaron los disparos y la tensión bélica quedó momentáneamente interrumpida por respeto a la tradición popular y a la figura del sacerdote.
Aquel episodio fue interpretado durante años como un símbolo de concordia y de la capacidad del párroco para inspirar respeto incluso en circunstancias extremas.
Su creciente prestigio social y moral hizo que asumiera también responsabilidades fuera del ámbito estrictamente eclesiástico. La más importante de ellas fue su nombramiento como segundo presidente del consejo de administración del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Ronda, cargo que desempeñó entre 1936 y 1943, sucediendo a Antonio González y García.
Su presidencia coincidió con algunos de los años más difíciles de la historia española contemporánea; tuvo que garantizar la estabilidad financiera de la entidad y proteger los ahorros de numerosos vecinos; bajo su dirección, la caja consolidó su carácter social y asistencial, promoviendo el ahorro popular y facilitando mecanismos de ayuda económica para combatir la usura y la pobreza.
La experiencia adquirida años antes en localidades rurales le permitió comprender las necesidades reales de campesinos, pequeños comerciantes y familias humildes. Gracias a ello desarrolló una gestión basada en criterios de prudencia, solidaridad y cercanía social. Aquella etapa resultó fundamental para el futuro crecimiento de la institución, que décadas después acabaría integrada en la actual Unicaja.
En los años cuarenta se trasladó definitivamente a Málaga, donde ejerció como párroco de la histórica Iglesia de San Juan. Esta última etapa de su vida estuvo marcada por una intensa actividad pastoral y social en uno de los barrios más necesitados de la ciudad.
La parroquia de San Juan había sufrido gravemente las consecuencias de los asaltos y la quema de iglesias y conventos ocurridos en 1931 y 1936. Gran parte de su patrimonio artístico, incluyendo retablos barrocos e importantes imágenes religiosas, habían desaparecido o habían sido destruidas; asumió entonces la tarea de reorganizar la vida parroquial y dignificar nuevamente el culto en un templo profundamente dañado.
Supervisó las primeras reparaciones de urgencia destinadas a consolidar la estructura mudéjar y barroca del edificio y devolvió progresivamente a la iglesia su papel como referente religioso y arquitectónico de la calle San Juan.
Al mismo tiempo impulsó con fuerza la recuperación de las hermandades malagueñas; numerosas corporaciones históricas pudieron reorganizarse y volver a procesionar por las calles del centro histórico tras años de vacío. Su oratoria, su capacidad conciliadora y su cercanía personal hicieron que fuera especialmente querido dentro del ambiente cofrade malagueño.
Compaginó esta labor religiosa con una intensa actividad asistencial. Aprovechando también la experiencia y los contactos adquiridos durante su etapa al frente de la Caja de Ahorros de Ronda, canalizó ayudas sociales hacia las familias más desfavorecidas.
Se le recuerda por impulsar programas de auxilio para vecinos humildes y por su constante preocupación por quienes atravesaban situaciones de necesidad.
A lo largo de toda su vida fue reconocido como un sacerdote de gran capacidad intelectual, profundo sentido humano y extraordinaria habilidad para mediar en contextos difíciles. Supo combinar su vocación religiosa con una clara conciencia social, convirtiéndose en una figura respetada no solo dentro de la Iglesia, sino también en numerosos ámbitos civiles de Andalucía.
Falleció en Málaga el 15 de octubre de 1948, a los 56 años de edad. Su muerte causó una profunda impresión en las ciudades y localidades donde había ejercido su ministerio.
Su legado permaneció vivo tanto en la memoria popular como en diversos reconocimientos públicos. En Málaga capital existe una calle dedicada al Presbítero Carrasco Panal en homenaje a su labor religiosa y social. También en Ronda una vía del barrio de San Cristóbal recuerda su nombre y su contribución al desarrollo económico y humano de la ciudad.
Su figura ha quedado asociada a la defensa de la concordia en tiempos de enfrentamiento, a la recuperación espiritual y material de numerosas comunidades religiosas andaluzas y a una concepción profundamente humana del sacerdocio. Su trayectoria refleja la de un hombre que dedicó su vida al servicio de los demás, integrando la fe, la acción social y el compromiso con su tierra en una misma vocación de entrega y ayuda a la comunidad.